El consumo de oxigeno durante el ejercicio se relaciona con la inhibición del hambre 

La obesidad, la diabetes y el hígado graso son trastornos metabólicos que pueden reducirse mediante la actividad física. Si bien la actividad física puede reducir este tipo de patologías, en ocasiones resulta ineficaz para lograr la pérdida de peso. Lo más probable, es que esto se deba a mecanismos metabólicos compensatorios que actúan sobre la ingesta y la producción de energía. En general, el ejercicio puede regular el gasto energético afectando el apetito; en este contexto, se ha observado, que una sola sesión de entrenamiento crea un déficit energético temporal sin desencadenar efectos compensatorios sobre la sensación de hambre. Sin embargo, se ha informado que el ejercicio regular puede alterar elementos subjetivos y metabólicos, provocando una mayor saciedad postprandial y, por tanto, una menor ingesta energética. Estas reacciones varían de persona a persona y dependen de algunos factores como las hormonas y el consumo de oxígeno. También influyen la composición corporal, el sexo y la actividad física habitual. Investigaciones, han demostrado, que el hambre tiende a disminuir más cuando el ejercicio se realiza al 60% o más del consumo máximo de oxígeno. A esta intensidad, los niveles de la hormona ácida grelina, que estimula el apetito, disminuyen y aumentan los niveles de algunas moléculas que reducen la sensación de hambre, como PYY, GLP y PP. Hasta el momento, se tiene, que, para reducir el apetito y por tanto la ingesta energética, los deportistas deben realizar una actividad física a una intensidad que les permita utilizar al menos un 60% de oxígeno. 

Más información 

Rutina de ejercicio (Pecho) 

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